La médica santandereana que trabaja ‘al filo’ del Covid-19

 La médica santandereana que trabaja ‘al filo’ del Covid-19

Una mujer hace parte del primer grupo de batalla contra el Coronavirus en Santander.

Una barranqueña que reside en Bucaramanga hace casi 20 años, decidida y valiente, tiene la complicada misión de ir casa por casa de pacientes con síntomas sospechosos de Coronavirus para darles un primer diagnóstico y también la de levantar cuerpos de quienes fallecen en sus viviendas en el área metropolitana de Bucaramanga.

Xiomara Rueda Santos es una médica de 35 años y lleva más de la mitad de su vida estudiando y ejerciendo la medicina. En la EPS donde labora pasó de atender pacientes con tuberculosis, lepra y leishmaniasis a ser profesional de ruta de Covid-19 y encargada del embalaje de cadáveres.

A sus 16 años tuvo el primer contacto con la medicina, ya que cuando estaba en décimo grado escogió realizar sus horas de trabajo social ayudando a los pacientes de una institución psiquiátrica. Cuando cumplió 17 ingresó a la Universidad de Santander y decidió que no solamente iba a aprender cómo administrar medicamentos para calmar dolencias sino que también iba a dar una voz de aliento, un tratamiento integral que garantice la rehabilitación corporal y mental de los que trata.

La médica santandereana que trabaja ‘al filo’ del Covid-19

De la rabia al coronavirus

Antes del 23 de marzo, primer día en el que atendió el primer paciente con síntomas sospechosos de coronavirus, Xiomara Rueda ya trabajaba ‘al filo’ de las enfermedades de alto riesgo.

Aún como estudiante y cuando ejercía como médica en un servicio de urgencias, esta mujer, a través del diálogo, de indagar la causa del deterioro de un joven al que nadie le diagnosticaba más allá de una gripa o una amigdalitis, le detectó un cuadro de rabia provocado por la mordedura de un murciélago, episodio que ocurrió meses atrás de la consulta.

Ya como profesional, desde hace año y medio quedó a la cabeza del programa de salud pública de la EPS de la que hace parte y desde entonces atiende al menos cuatro casos de tuberculosis por mes, ha tratado cuatro pacientes de lepra en estos 18 meses y uno con leishmaniasis.

Esa misma familiaridad con los tapabocas y los trajes de protección con los que ya atendía a sus pacientes, le dio para ser escogida para seguirle la pista desde hace 51 días al Covid en los municipios del área metropolitana.

Frente a frente con el Covid

Cada tarde, siete días a la semana, como quien se dirige a un campo de batalla, la doctora Rueda se moviliza por Floridablanca, Bucaramanga, Girón y Piedecuesta, cargada con un arsenal compuesto por una bata quirúrgica, un traje antifluido, varias botellas de alcohol industrial, tapabocas N95, varios pares de guantes, gorro, gafas y un par de polainas.

Al llegar a la puerta de las residencias de los casos sospechosos, esta mujer de 1.62 de estatura se llena de grandeza y mientras se pone sus elementos de protección repite a Dios que “me guarde, me proteja y me llene de sabiduría para ser luz durante la consulta”.

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Luego de tomar el poco aire que le permite su tapabocas especializado, Xiomara explica que ingresa a las casas y se encuentra con un panorama común, el de personas que están asustadas y a las que tiene que hablarles mientras las examina para tratar de distensionar la ya incómoda escena.

Con su experticia, esta profesional de la salud sabe a quienes hay que realizarles la prueba de laboratorio y quienes por la situación de aislamiento sufren ataques de ansiedad, síndromes de abstinencia y hasta enfermedades respiratorias que provocan síntomas similares a los del peligroso virus. Sin embargo, a todos les pide que oren, que tengan fe.

La situación que le produjo mayor temor fue una en la que debió atender al esposo de una paciente diagnosticada con coronavirus, quien también vivía en la misma casa donde se realizó la consulta. La médica confesó que el sonido de la dificultad respiratoria de la mujer Covid positivo, encerrada en un cuarto de aquella casa, le retumbó en sus oídos.

Asimismo, esta joven aseguró que un paciente en Piedecuesta se negó a una consulta y “cuando lo llamé para confirmar su dirección, entre gritos me dijo que si no iba con la Policía, no lo podía atender. Finalmente este servicio no se realizó”.

Aunque no ha sido discriminada por su labor, Rueda Santos, dice que cuando se pone su traje blanco, “la gente se asoma a husmear por las ventanas, salen corriendo o simplemente cierran las puertas”.

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El encuentro con la muerte

El pasado 29 de abril, cuando estaba a punto de iniciar su recorrido domiciliario, hacia las 2:00 p. m. recibió una llamada en la que le informaron de una persona que falleció en una vivienda de Piedecuesta de una causa indeterminada.

Luego de atravesar la ciudad, llegó al sitio del levantamiento y tras seguir los protocolos establecidos, tardó cerca de tres horas en embalar el cadáver y regresar a su casa. Sin embargo ese mismo lunes tuvo que ponerse su traje de mayo y repetir el procedimiento en una vereda cercana a Bucaramanga.

La mujer indicó que “me llamaron cerca de las 11:00 p. m. acudí al sitio y tuve que ascender en mi carro cerca de una hora por una montaña para llegar a la vereda. Hacia la 1:00 entré a la vivienda pero como la persona fallecida había sido reportada como sospechosa de portar el virus, los familiares me gritaron, me insultaron y por poco me agreden para impedir que le realizara la prueba”.

Luego de finalizar el levantamiento, pasadas las 3:00 a. m. del 30 de abril, la médico justificó la actitud de aquellos desesperados familiares ya que “sabían que cuando yo terminara mi labor el cuerpo de la persona sería enviado de inmediato a cremación, sin posibilidad de un entierro o de que sus seres queridos pudieran darle ese último adiós”.

El anhelo de volver a abrazar a su familia

Xiomara Rueda, la menor de cinco hermanos, enfatiza en que aunque al momento de recibir su cartón de médico juró por ninguna circunstancia abandonar su labor, lo más duro de estos meses ha sido reducir al mínimo las visitas a sus padres de 72 y 73 años, a los que veía todos los días, pero que para protegerlos los ve escasamente dos ocasiones por semana.

La profesional de la salud dice que “voy a verlos porque en el caso de mi mamá, ella sufre mucho por verme realizando esta labor tan riesgosa. Acudo a hablar con ella para calmarla y evitar que caiga en depresión”. También asegura que se le aguan los ojos cuando debe saludar a sus ‘viejos’ a través de una ventana o dejar de ver a su gemela y sobrina por varias semanas.

Esta heroína vestida de blanco afirma que aunque duerme poco, sueña con el día en el que todo esto pase y pueda retomar las visitas a sus siete ahijados, los abrazos pendientes con sus padres, la acostumbrada función de cine cada semana o seguir con su labor de llevar comida y útiles a escuelas necesitadas en Santander.

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