Los ángeles que cargan la ‘cruz’ de los migrantes en Bucaramanga

 Los ángeles que cargan la ‘cruz’ de los migrantes en Bucaramanga

Conozca la historia del proyecto ECHO Frontera, el cual busca ayudar a la población migrante en países como Colombia, Perú y Ecuador. En Bucaramanga son esenciales para apoyar a los más de 69 mil venezolanos que hay en la ciudad.

Son 33 días exactos desde que la vida parece haber quedado suspendida en el tiempo. El pasado 24 de marzo el presidente Iván Duque decidió poner a 50 millones de colombianos en cuarentena. Un virus importado de la China, el COVID-19, amenaza arrasar con todo.

 

Pareciera que la realidad se hubiera estancado. El incesante eco de la ciudad, con su ritmo interminable, se ha diluido. Las almas se miran a través de vidrios y tapabocas, paisajes extraños, en lugares conocidos. Pero el mundo no para, solo se ha hecho más cruel, más vivo, básico.

En la calle cada día se libran mil batallas. El virus es apenas una de ellas. El hambre, la miseria, el desarraigo, el frío y el olvido acorralan a miles de personas. A ellas no les queda otra opción que luchar o morir. La ley del más fuerte. Aunque en este caso, el ganador parece haberse decidido hace tiempo.

La tierra de nadie se ve lejos. Espíritus cargados de bártulos viejos, mujeres embarazadas, niños inocentes y abuelos machacados por el tiempo, recorren a diario un viacrucis por las calles de Bucaramanga. Lo hacen bajo la fría mirada de imponentes edificios, repletos de seres que ignoran la inclemente tragedia que se vive a sus pies. Se estima que ya son 69 mil los extranjeros de origen venezolano que encontraron en la capital de Santander un lugar para no morir.

Los ángeles ayudan a cargar la ‘Cruz’

En medio de esta despiadada condición, Freddy Quiroga, un santandereano de 43 años, quien desde hace 27 abriles le ha entregado su vida a su mayor vocación, la Cruz Roja colombiana, coordina en Bucaramanga un programa llamado ECHO Frontera, el cual busca ayudar a la población migrante en países como Colombia, Perú y Ecuador.

En un traje azul que le envuelve cada centímetro de su cuerpo, protegido con máscaras, guantes y tapabocas, Freddy luce impenetrable. Nada más alejado de la verdad. Ningún atavío del mundo puede protegerlo por completo. Su alma está expuesta. “Aquí nos toca turnarnos para llorar”, dice. Sus ojos han presenciado tanta desolación, que su único aliciente es el de servir.

Tiene una hija de tres años. Es ella la que protege su corazón. No la ha visto desde que se decretó la cuarentena. Le duele y se le quiebra la voz cuando habla de Isabel Sofía, su pequeña. Pero la recupera cuando recuerda su labor, la de salvar vidas todos los días.

Le ha tocado ayudar a liberar secuestrados, como los del fokker de Avianca en 1999. También ha luchado contra avalanchas como la que afectó a Girón en 2004. Incluso ha tenido que ver la muerte de frente en muchas ocasiones. Pero, ahora, tiene la oportunidad de ayudar a los vivos, a los olvidados, a los que el hambre y la pobreza les arrancaron su hogar. A los que deambulan por caminos inhóspitos, los nuestros.

Los migrantes no están solos

Hace dos años, cuando la Unión Europea, principal patrocinador de ECHO, le encomendó el trabajo de ayudar a los extranjeros que cruzaban la frontera hacia Colombia, Freddy armó un grupo con 14 personas más y comenzó a desarrollar un plan para auxiliar a los desplazados por la situación en Venezuela.

“La ayuda tiene que ser integral. Contamos con médicos, regentes, enfermeras, sicólogos, odontólogos, personal de logística, en fin, tenemos cubiertos varios frentes para poder socorrer de la mejor forma a las personas que lo necesitan”, manifestó Freddy.

Empezaron a recorrer la vía que conduce a Cúcuta para llevar las ayudas: un kit de aseo o en ocasiones un kit calórico, como le llaman ellos. Se encontraban con familias enteras en condición de vulnerabilidad, desorientadas, sin provisiones para el camino y desprovistas de elementos vitales como atuendos para protegerse del frío o el sol.

“Hay gente que ni siquiera sabe para dónde va. Viajan en pantaloneta sin saber que tienen que pasar por el páramo de Berlín. Están llenos de ampollas o laceraciones. Nosotros los orientamos y les prestamos primeros auxilios”.

Según un informe de Migración Colombia, en los últimos cinco años al país han ingresado cerca de 1.7 millones de venezolanos. De los cuales se estima que solo el 30% lo hizo de forma regular. Lo que significa que más de un millón de personas se encuentra en el territorio de manera irregular y no podrán acceder a gran parte de los beneficios que ofrece el Gobierno.

“Todos los días tenemos un reto diferente. Puede ser la lluvia o la falta de algún implemento. No nos importa, aquí luchamos para ayudar a quienes lo necesitan. Es nuestra labor. Si nosotros los desamparamos, ellos estarán solos”, expresó Freddy.

Labor de todos los días

El equipo de ECHO de la Cruz Roja se levanta todos los días muy temprano y se cita en las oficinas de la entidad a las 7:30 a.m. para preparar su jornada de servicio. Por estos días, su segundo hogar son unas carpas ubicadas a las afueras del Parque del Agua en Bucaramanga.

Allí, hay una población flotante de más de 200 personas. No obstante se estima que más de mil extranjeros pueden instalarse y pernoctar al menos uno o varios días durante la semana.

“La idea es tener todo listo a las 8:00 a.m.. Realizamos brigadas de salud que nos permiten hacer contenciones de enfermedades en esta población específica y descongestionar las salas de urgencia de los hospitales públicos”, señaló Freddy.

Pero no solo libran una batalla contra las enfermedades. La lucha más difícil es la de tratar de ayudarles a recuperar la esperanza, la que se pierde con cada paso lejos de casa. El contacto con sus familias es esencial. “Estar en otro país es muy difícil, por eso también los ayudamos a reencontrarse aquí en Colombia o al menos para que puedan hablar con sus familiares en Venezuela. Es reconfortante para ellos y es una ayuda emocional clave”.

El COVID-19 locomplicó todo

A los 15 miembros oficiales de la Cruz Roja y a sus voluntarios también los esperan en casa. Tienen un hogar como todos. Por eso también se sienten vulnerables ante el COVID-19. Tratan de protegerse lo mejor que pueden. Cumplen los protocolos necesarios para no correr riesgos. Sin embargo, saben que cuando salen a la calle se exponen y exponen a los suyos.

Se cuidan entre ellos, son un equipo. El que está a su lado es su verdadero ángel guardián. La Unión Europea les provee todo lo que necesitan, pero el coronavirus no respeta a nadie. Entienden que arriesgan sus vidas todos los días. Lo hacen sin importar las dificultades, lo hacen por vocación, por amor a la vida.

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